Poema de amor con una línea de Hemingway (A Farewell to Arms, 7)

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26/06/22

Liberación



- Abuelita, abuelita, ¡qué ojos tan grandes tienes! 
Y el lobo, imitando la voz de la abuela, contestó: 
- Son para verte mejor. 
- Abuelita, ¡qué orejas más grandes tienes! 
- Son para oírte mejor. 
- Abuelita, ¡qué nariz más grande tienes! 
- Son para olerte mejor. 
Y ya asustada, siguió preguntando: 
- Pero abuelita, ¡qué dientes tan grandes tienes! 
- ¡Son para comerte mejor! 
(...) 

 Naturalmente, para ese momento, Caperuza no le podía quitar los ojos de encima, lo miraba inquisitiva, el Lobo de un impulso saltó de la cama, listo para devorar a Caperuza. 

 — ¡ So ! —, la mirada de Caperuza se dejó sentir en lo más recóndito del Lobo, éste se desconcertó, pero se dedicó a mirarla de arriba/abajo, se movió lento y empezó a recorrer en derredor el cuerpo de la Caperuza, se acercaba, retrocedía, olfateaba, pensaba, sonreía e intentaba penetrar las capas de ropa que cubrían su cuerpo, se paró delante de ella, con las manos en las caderas se echo a reír con socarronería, luego bufó tan fuerte que retumbó en la choza. 

Quiso lanzarse sobre ella, nuevamente la mirada fría de la Caperuza lo detuvo, disminuyó su velocidad y fue a acurrucarse en los pies de la Caperuza dejando escapar pequeños lamentos de sumisión. 

La Caperuza lo ayudó a levantarse, le ordenó quitarse con lentitud cada una de las prendas, dejando solamente la tanguita de la abuela, las mejillas de lobo se encendieron, avergonzado, bajó la cabeza hasta apoyar su barbilla en el torso. 

— La siguiente vez, asegúrate que la tanguita sea al color de tus mejillas, lobo —, dijo Caperuza, sin dejar de mirarlo, metió su mano entre sus muslos, dio pequeños golpecitos a los lados para obligarlo a abrir las piernas. 

Abierto y de pie, la posición era incómoda para lobo, Caperuza hizo a un lado la tanga, escarbó un poco entre su pelaje y pellizcó con dureza su dídimo, el lobo soltó un gemido, seguido de un quejido, al sentir que la continuidad de la caricia era un azote con la palma abierta de su ahora Dueña. 

Caperuza, lo mantuvo duro, resistente, lo hizo gemir, llorar y dolerse en una deliciosa explosión de juegos y perversión. 

Flácido y agotado, lobo se inclinó delante de ella, cerró los ojos y suspiró en el alma, cuando el peso de un collar de cuero negro se ciñó en su cuello.